Lo dicho: que los fines de semana son malditos. Y no lo digo por decir. Es un hecho científicamente demostrado (como diría Manolito Gafotas). Por supuesto hablo culinariamente.
Como la mayoría de los mortales, tiendo a comer en casa de mis padres o sábado o domingo. En un mundo donde todo el mundo está atareado (mis padres tienen más actividad, si cabe, ahora que están jubilados que cuando trabajaban: que si gimnasio, que si prácticas olímpicas (mi padre está hecho un monstruo, en el buen sentido, entiéndase), que si médicos, que si cines, que si visitas... Vamos, ya quisiera para mí la vitalidad que tienen ellos) es una gozada poder pasar tiempo con la gente que quieres. Pero si tu madre es una especie de Arzak en la cocina, como es el caso de la mía, estás perdida.
Recuerdo un compañero en el insti cuya madre era un desastre en la cocina (al padre, ni lo miento, porque entonces lo de que los padres cocinaran era un mito más o menos igual que el unicornio o los dragones), que se quejaba siempre de lo que comía. A ese pobre chaval sólo le daban pasta pasada y arroz pegajoso (nada que ver con el tailandés, ¿eh?. Éste estaba más pasado que el Renacimiento) y el pobre estaba escuchimizado. En cambio, mi madre nos hacía unas comidas y unas cenas de infarto. Bien es verdad que, a veces, cocinaba algo que no era tan de nuestro agrado, no porque estuviera mal cocinado, sino porque las acelgas parecían comida de ovejas, pero en general, cada día al volver del insti iba pensando: "¿Qué habrá hoy en la mesa?". Si tenías un mal día siempre decías para tus adentros: "Por favor, que haya espaguetis, que haya espaguetis!!!". Mi madre no entendía esa obsesión, pero bueno...jajaja.
Ahora pasa algo parecido. Como soy yo la que cocino (lo siento cariño, vales más que el oro, pero no llegas al 4 en la cocina, probablemente porque no has probado y porque te da más miedo el aceite caliente que a Pinocho el Leroy Merlín) siempre sé lo que voy a comer. A veces, sólo por sorprenderme, cambio de idea en el último minuto, pero no es lo mismo. Cuando voy a casa de mi madre es un lujazo porque sé que, aunque no tenga ni idea de lo que voy a comer, me va a encantar. Y a mi santo, como diría Elvira Lindo, también.
Pues este fin de semana, mi madre ha hecho el Postre a las Tres Leches, que lejos de ser un triple insulto, es una orgía de dulzura en la boca. Vamos, que cuando te metes el primer bocado en la boca, lo único que puedes decir es : "Ole, ole y ole". Conclusión: objetivo de no comer dulces... cagada total. 0 patatero.
Y luego, el domingo, tuvimos que ir y volver a Madrid en el día. En tren. ¿Por qué será que lo único que se conserva bien son los bocadillos?. Porque tú dices: "Me llevo una ensaladita". Y hay que ver lo chuchurría que se te pone la muy mala sombra en una hora. Si da asquito verla. No te vas a llevar un filete a la plancha... Un bocata. Y ya estás comiendo pan. Y para que te sacie, que menos que un bocadillo decente... ¿Cuántos centímetros debe tener un bocadillo decente?. En mi opinión, unos 20 centímetros (como veis, hay cosas en las que el tamaño SÍ importa). Y si vas a la cantina del tren, lo flipas. Pide una manzana si tienes narices, que te van a mirar igual que si les pides un strip-tease en la barra o que te den 50 euros. Eso sí: oreos, patatitas y cualquier marranada, esa sí que la tienen... De manera que vas y te pides un té, o una tila (porque te pone de los nervios ver tanta cosa buena y no poder catar ninguna) y con edulcorante, y luego te metes al servicio para que el resto del vagón no te oiga gritar: "¿Por qué, Dios mío, por qué?".
En fin, que mi fin de semana ha estado ocupado y he caminado bastante, pero he comido igual (ni menos ni más) y, además, he comido dulces... Y se me ha olvidado pesarme. Ains...
Veremos qué tal mañana. Por hoy, ya me he fustigado bastante.
Como la mayoría de los mortales, tiendo a comer en casa de mis padres o sábado o domingo. En un mundo donde todo el mundo está atareado (mis padres tienen más actividad, si cabe, ahora que están jubilados que cuando trabajaban: que si gimnasio, que si prácticas olímpicas (mi padre está hecho un monstruo, en el buen sentido, entiéndase), que si médicos, que si cines, que si visitas... Vamos, ya quisiera para mí la vitalidad que tienen ellos) es una gozada poder pasar tiempo con la gente que quieres. Pero si tu madre es una especie de Arzak en la cocina, como es el caso de la mía, estás perdida.
Recuerdo un compañero en el insti cuya madre era un desastre en la cocina (al padre, ni lo miento, porque entonces lo de que los padres cocinaran era un mito más o menos igual que el unicornio o los dragones), que se quejaba siempre de lo que comía. A ese pobre chaval sólo le daban pasta pasada y arroz pegajoso (nada que ver con el tailandés, ¿eh?. Éste estaba más pasado que el Renacimiento) y el pobre estaba escuchimizado. En cambio, mi madre nos hacía unas comidas y unas cenas de infarto. Bien es verdad que, a veces, cocinaba algo que no era tan de nuestro agrado, no porque estuviera mal cocinado, sino porque las acelgas parecían comida de ovejas, pero en general, cada día al volver del insti iba pensando: "¿Qué habrá hoy en la mesa?". Si tenías un mal día siempre decías para tus adentros: "Por favor, que haya espaguetis, que haya espaguetis!!!". Mi madre no entendía esa obsesión, pero bueno...jajaja.
Ahora pasa algo parecido. Como soy yo la que cocino (lo siento cariño, vales más que el oro, pero no llegas al 4 en la cocina, probablemente porque no has probado y porque te da más miedo el aceite caliente que a Pinocho el Leroy Merlín) siempre sé lo que voy a comer. A veces, sólo por sorprenderme, cambio de idea en el último minuto, pero no es lo mismo. Cuando voy a casa de mi madre es un lujazo porque sé que, aunque no tenga ni idea de lo que voy a comer, me va a encantar. Y a mi santo, como diría Elvira Lindo, también.
Pues este fin de semana, mi madre ha hecho el Postre a las Tres Leches, que lejos de ser un triple insulto, es una orgía de dulzura en la boca. Vamos, que cuando te metes el primer bocado en la boca, lo único que puedes decir es : "Ole, ole y ole". Conclusión: objetivo de no comer dulces... cagada total. 0 patatero.
Y luego, el domingo, tuvimos que ir y volver a Madrid en el día. En tren. ¿Por qué será que lo único que se conserva bien son los bocadillos?. Porque tú dices: "Me llevo una ensaladita". Y hay que ver lo chuchurría que se te pone la muy mala sombra en una hora. Si da asquito verla. No te vas a llevar un filete a la plancha... Un bocata. Y ya estás comiendo pan. Y para que te sacie, que menos que un bocadillo decente... ¿Cuántos centímetros debe tener un bocadillo decente?. En mi opinión, unos 20 centímetros (como veis, hay cosas en las que el tamaño SÍ importa). Y si vas a la cantina del tren, lo flipas. Pide una manzana si tienes narices, que te van a mirar igual que si les pides un strip-tease en la barra o que te den 50 euros. Eso sí: oreos, patatitas y cualquier marranada, esa sí que la tienen... De manera que vas y te pides un té, o una tila (porque te pone de los nervios ver tanta cosa buena y no poder catar ninguna) y con edulcorante, y luego te metes al servicio para que el resto del vagón no te oiga gritar: "¿Por qué, Dios mío, por qué?".
En fin, que mi fin de semana ha estado ocupado y he caminado bastante, pero he comido igual (ni menos ni más) y, además, he comido dulces... Y se me ha olvidado pesarme. Ains...
Veremos qué tal mañana. Por hoy, ya me he fustigado bastante.
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